Columna: Dejémoslos hablar…

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Patricio Felmer

Doctor en Matemática Director Iniciativa ARPA Universidad de Chile

Una profesora escuchaba a Luisa balbucear la respuesta… se quedó esperando que la niña avanzase hasta que terminara su explicación. La explicación fue lenta y con algunas pausas. A veces la profesora quiso intervenir, decirle cómo seguir (son cuaaa…, se dice gaaa…t), pero se contuvo y esperó. Cuando Luisa terminó, estaba contenta, porque cuando hablaba, a veces la profesora asentía con la cabeza, dando a entender que iba bien, sentía que ella la estaba escuchando, que no la apuraba… La profesora al final le dijo: muy bien Luisa, has avanzado mucho, tienes que seguir por este camino…

Uno de los objetivos de la educación escolar es lograr que los estudiantes sean capaces de comunicar a los demás lo que saben, lo que sienten, lo que hacen y lo que piensan. Y cuando decimos los estudiantes, estamos pensando en todos los estudiantes: los que se sientan atrás y los que se sientan adelante, los grandes y los chicos, los ordenados y los desordenados. El objetivo se cumple cuando todos y cada uno pueden comunicarse en forma oral o escrita con el profesor, con sus compañeros en un grupo pequeño y con la clase completa, sobre distintos temas.

La pregunta que queremos hacernos es ¿qué oportunidades creamos en nuestras actividades regulares para que los estudiantes se expresen y comuniquen lo que piensan? O la misma pregunta formulada de otra manera ¿En cuántas ocasiones, sin quererlo si quiera, inhibimos esta habilidad fundamental? y ¿cuántas veces, incluso repetimos esas actitudes inhibitorias? Quisiéramos identificar dos situaciones muy comunes en nuestra cultura escolar que cohiben la capacidad de expresarse de los estudiantes.

En la historia de Luisa, la profesora evitó una práctica muy extendida que consiste en decir las primeras sílabas de las palabras que queremos escuchar, esperando que los estudiantes digan las sílabas restantes, como si fuera un intercambio coreográfico, que tiene más que ver con hacer una melodía que con hacer una pregunta para obtener una respuesta genuina. Si la respuesta a la pregunta es «en el estuche había cuatro lápices», entonces decimos «en el estu…» y esperamos un «che», luego decimos «había cua…» y esperamos un «tro», y luego decimos «la… pi…» esperando el «ces» final. Y para completar decimos «en el estuche había cuatro lápices» ¿suena familiar?

Y aquí va otra historia: La profesora estaba atenta ese día cuando Luis, un alumno tímido, saliera adelante a leer el texto que había que escribir. Y ese día llegó, había que escribir un texto que permitiera a un amigo no vidente entender cómo era el color rojo.  Luis escribió un texto corto, pero que según la profesora apuntaba a una esencia del color rojo, un texto que resolvía muy bien el problema. Ese día le dijo «¿Luis, puedes pasar adelante y leer lo que escribiste?» La profesora fue cuidadosa de no apurar su respuesta, esperó, hasta que Luis dijo que sí. ¡Qué gran avance! Luis estaba nervioso, pero estaba decidido a hacerlo. Se demoró en llegar a la pizarra y luego sacó su texto, miró hacia los lados, titubeó, se demoró, hasta que dijo: «El rojo es el color de la sangre que llevamos dentro, es el color de la vida y la guerra, es el color del corazón y del amor». Después de escucharlo, sus compañeros quedaron en silencio y la profesora sólo dijo: «gracias Luis por contarnos como es el color rojo». Luis sonrió apenas y se fue a su asiento. ¡nunca se había sentido tan feliz!

Esta historia tiene que ver con una práctica muy extendida en nuestro sistema escolar y que consiste en hacer pasar a la pizarra a exponer a los estudiantes destacados, para que los otros vean cómo se hacen las cosas. Junto a esta, otra práctica muy usada es apurar a los estudiantes y después parafrasear o explicar lo que este quiso decir. Aquí, sin embargo, la profesora estuvo atenta al día en que Luis tuviera qué contar, tuvo paciencia de no apurar la respuesta a su petición y luego no apresuró el inicio la lectura. Después de leer, la docente no repitió ni interpretó lo que dijo el estudiante, sólo agradeció.  Esto era exactamente lo que necesitaba Luis, ser reconocido por sus logros, nada más.

Las historias de Luisa y de Luis nos muestran formas de apoyar el desarrollo de las habilidades de comunicación de nuestros estudiantes y ambas tienen que ver con darles tiempo  para que puedan armar sus palabras para expresarse. Estas son situaciones típicas de aula, donde el docente crea el espacio para que todos los estudiantes tengan la oportunidad de comunicar, donde el docente no apura, se contiene. Tanto Luisa como Luis son estudiantes representativos de nuestras salas de clases.  En ambos casos los estudiantes quedan felices con lo que pudieron lograr, quedan contentos consigo mismos.

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