Perder el miedo a la evaluación: cuatro sugerencias para que tu evaluación sea auténtica

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Ixia González

Profesora de Lenguaje y Comunicación; Magíster en Investigación en Educación en Didáctica de la Lengua y Literatura

Durante el aprendizaje, uno de los momentos más ingratos para los estudiantes es la evaluación. Estas instancias suelen caracterizarse por ser momentos de tensión y nerviosismo, muy alejado a lo que se podría considerar como parte de un aprendizaje significativo y  auténtico para los estudiantes. Las instituciones educacionales dan énfasis a la adquisición y transmisión del conocimiento, mientras que los saberes prácticos son casi inexistentes o quedan en un segundo plano (Biggs, 1999). La educación moderna de hoy tiene el reto de preparar a los estudiantes para aprender a lo largo de la vida. Sin embargo, enfrentar este desafío es complicado en un sistema educativo que se enfoca en lo que se puede conocer y decir de la realidad en vez de dar énfasis a cómo actuar sobre ella para transformarla (Álvarez, 2005).

Dado lo anterior, son valorables aquellas propuestas de evaluación que busquen ser significativas y coherentes dentro del proceso de aprendizaje de los estudiantes. Existen propuestas alternativas de evaluación que tienen por objetivo que los niños adquieran competencias y procesos de pensamiento de alto nivel, algo completamente distinto a las evaluaciones tradicionales que esperan medir conocimientos fácticos y habilidades básicas (Gulikers, Bastiaens & Kirschner, 2004). Una de estas es la llamada evaluación auténtica, la cual se basa en que los estudiantes utilicen sus conocimientos teóricos para realizar tareas realistas en contextos auténticos, lo que posibilita el aprendizaje significativo y auténtico basado en la experiencia de los estudiantes. Supone un saber qué hacer (conocimiento declarativo) y un saber cómo aplicarlo (conocimiento procedimental) en diferentes situaciones reales, lo que implica diferentes procesos de trabajo colaborativo y socialización que enriquecen la experiencia de la evaluación (Álvarez, 2005).

A través de la evaluación auténtica se pueden crear nuevas instancias de aprendizaje en la escuela que se alejen de las tan temidas evaluaciones tradicionales. Muchos docentes desean implementar un instrumento de evaluación auténtico para que sus estudiantes pierdan el miedo, por lo que aquí proponemos algunos consejos para diseñarlo.

En primer lugar, autenticidad. La tarea de la evaluación tiene que tener un vínculo con la realidad. Esto se puede logra con ejemplos reales, temas contemporáneos, contextos en directo y datos actuales que conviertan a la tarea en una oportunidad para el aprendizaje y proporcionen desafíos para el pensamiento de los estudiantes.

En segundo lugar, una tarea desafiante. Una evaluación auténtica involucra el desarrollo de un conocimiento procedimental que sea significativo para los estudiantes porque los conecta con su experiencia y los hace sentir que pueden enfrentar el desafío con éxito. Elaborar problemáticas relevantes para los estudiantes permite que estos reconozcan existe una verdadera confianza en sus capacidades para resolver problemas. Este es el primer paso para que el estímulo del aprendizaje no venga de las calificaciones, sino que desde los propios niños, lo que será un gran aporte para desarrollar su autonomía para aprender y aplicar estrategias en diferentes contextos.

En tercer lugar, compartir responsabilidades. La evaluación auténtica implica una participación de todos los involucrados. Por lo tanto, es necesario que los docentes generen instancias de evaluación diagnóstica, coevaluación y autoevaluación. Los criterios presentes en estas evaluaciones deben tener en cuenta las capacidades del estudiante y su contexto, pero también los distintos resultados de aprendizaje que tienen los niños durante el proceso. Para lograr esto, el docente debe ser transparente con tus estudiantes, compartir los criterios evaluación con ellos y darles la oportunidad de mediar su aprendizaje escuchando sus sugerencias, opiniones e inquietudes sobre lo que se va a evaluar.

En cuarto lugar, la compañía. El rol tradicional del profesor en el proceso de aprendizaje de sus estudiantes cambia. En la evaluación auténtica el docente es el mediador de la enseñanza: su papel no es el de dar todas las respuestas a las interrogantes de los estudiantes. El primer paso para lograr esto es permitir el trabajo colaborativo entre pares. La interacción principal debe darse entre los estudiantes y el docente solo debe intervenir a través de preguntas indagatorias cuando los jóvenes estén entrampados o pidan ayuda. Para que el trabajo colaborativo sea posible, el profesor potencia espacios seguros en los que las voces de los estudiantes sean escuchadas. En el aula debe construirse un ambiente de respeto y de validación de las diferentes soluciones frente al desafío presente en la evaluación auténtica. Esto representa los primeros pasos para estimular actitudes creativas y proactivas en los niños que son claves para el aprendizaje.

Todos estos aspectos implican un gran compromiso de parte del docente, ya que la implementación de la evaluación auténtica en las escuelas plantea un verdadero desafío y no siempre se presentan las condiciones necesarias para que esta pueda desarrollarse. Existe una importante carga horaria y poca flexibilidad de los tiempos en las jornadas académicas, por lo que las posibilidades de realizar evaluación auténtica en los colegios son acotadas. Aunque es el docente quién debe planificar el proceso de aprendizaje, el cambio de actitud de los estudiantes ante la enseñanza y las evaluaciones hará que todo el esfuerzo valga la pena. Conectar a los niños con sus conocimientos, valorar sus opiniones y estrategias para resolver problemas, escuchar sus voces como punto de partida para la enseñanza cambiará la percepción de la evaluación a una  positiva, renovada y significativa para sus vidas.

Referencias bibliográficas:
  • Álvarez, I. (2005) Evaluación como situación de aprendizaje o evaluación auténtica. Perspectiva Educacional, 45, p. 45-67.
  • Biggs, J. (1999). Teaching for quality learning at university. Glasgow: Society for research into Higher Education & Open University Press.
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